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Lectura:                                   Deuteronomio 6:1-13

Versículo Clave:          Deuteronomio 6:7-9

Hace algunos días estaba modelando esta historia en mi mente y tratando de evitar el comentar a cerca de un cierto presidente de uno de nuestros países latinos, que parafraseando al  famoso hidalgo de la mancha podría definirse como: “…el presidente de un país no muy lejano, fronterizo con el mió, de cuyo nombre no quisiera acordarme…” venia a mi mente como muchos de nosotros fuimos y algunos continúan siendo: demasiado “habladores”.  Deberíamos fijarnos en lo que nos dice  la palabra en  

2 Tim. 2:14 “…eviten las discusiones inútiles, pues no sirven nada más que para destruir a los oyentes.” Deberíamos ponernos a la tarea de hablar menos, escuchar más. Acordarnos de los que decían los abuelos: “el que mucho habla, mucho se equivoca”. Santiago 1:19-20

Y es que este famoso presidente ha hablado hasta la saciedad, siempre esta tratando de figurar tanto a nivel nacional como a nivel internacional, aun a costa de crearse toda una fantasía y ver en cada uno de sus enemigos políticos alguien que lo quiere matar.

Dentro de las mismas congregaciones, tenemos personas que les encanta estar hablando y hablando y hablando. A mi modo de ver, creo que estas personas que hablan mucho  siempre han sido reprimidas de hacerlo (no se sienta mal si a usted se identifica), y  al final tratan de ponerse al día con todo lo que han dejado de contar. Tuve un compañero de trabajo que se pasaba las ocho horas de trabajo juntos hablando.

Es aquí donde se unen esta historia con este sermón del día de hoy donde quisiera llamar su atención sobre las historias que hay detrás de cada persona y lo mucho que desean contarla. Y si usted se fija bien podría llegar a la misma conclusión que me llevo a ponerle título al sermón de hoy: “Detrás de cada cara, existe una historia”.

En nuestros países latinos, hoy por hoy,  no somos muy dados a contarles historias a nuestros niños. Yo recuerdo a mi padre  contándonos historias, de la vida, de su juventud, de la historia familiar, pero en especial de personajes de la biblia. Aunque este papel más de los abuelos y muchas veces de nuestros profesores de escuela dominical. Ahora que, más allá de contar historias, poco a poco con el afán del día a día, con el incremento de las necesidades de hacer algo hemos ido perdiendo esa capacidad de hablar pero sobre todo de escuchar…y no digo oír, por que oímos mucho y a muchos, pero a pocos escuchamos y es aquí donde debemos empezar a mejorar, y el llamado es mucho mas fuerte para aquellos que somos líderes/ministros en nuestras iglesias, estamos llamados a escuchar historias, sentémonos con las personas, mayores , menores, jóvenes…escuchemos lo que tienen que decir, les aseguro que cada miembro de su comunidad de fe, cada uno de sus amigos tiene algo que contarle, algo que quiere exteriorizar, preocupaciones, necesidades, dudas…o simplemente historias de cuando eran niños… Sin perder nuestra tarea de contar historias a nuestros descendientes.

Enamorémonos literalmente de las historias que otros nos cuentan, entremos en esa común-unión (Comunión) con el que la relata y el Espíritu Santo hará el resto. Muchas cosas pasan cuando usted escucha estas historias : usted llega a conocer a la persona que se la cuenta , mucho mas allá de lo que la conocía solamente por saludarla en el servicio dominical o al salir de su casa; Usted apreciara mas a esta persona por que conoce su historia, y el lo apreciara mucho mas solo por el mero hecho de haberlo(a) escuchado; y cuando usted realmente escucha la historia de alguien y ellos se sienten escuchados, también se sentirán que han sido cuidados, se sentirán de algún modo respaldados y es aquí donde nacen las relaciones verdaderas y sólidas. Además, en algún momento usted puede estar en el sitio del que quiere contar su historia. El escuchar y contar historias, fortalece/crea lasos de unión (Familiar y/o amistad). Muchas personas allá afuera, en casa, y en la iglesia solo necesitan que le escuchen.

Cuéntame tu historia…!!! Una pequeña frase que puede comenzar con un largo, muy largo camino de amistad…

Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades.

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